Lunes, 18 de Junio de 2018

Algo de 26 años de vida...

Historias de vida

El Furtivo - Sr. Lan...

Ignacio I. temblaba de furia, montado en su caballo tostado, sobre un lujoso apero de bastos con puntera de plata y oro.
El encargado se mantenía montado un poco más atrás, con respeto, fumando un eterno cigarrillo negro. Sólo se oía el canto de los pájaros y el zumbar de nsectos en ese faldeo de montaña sureña.

16.12.2011

La visión de un ciervo rojo joven, decapitado por un cazador furtivo apurado por uir, significaba para Ignacio una ofensa a sus posesiones. Una violación a sus derechos.

Después de almorzar, más calmado, Ignacio dio instrucciones a sus empleados. Quería que se capturara, dentro del campo, a ese cazador solitario que, entrando por senderos ocultos, trepando por pedreros difíciles y peligrosos, se había convertido en un desafío para todo el personal de la estancia extensa, incluyendo a su dueño.

La brama terminaba. Los colores del otoño y las frías rachas de viento indicaban la llegada del invierno ya cercano. Cielos oscuros presagiaban lluvias que abrían el camino a las nieves futuras.

Los días pasaban, Ignacio esperaba.

Una mañana de mayo, fría y soleada, la camioneta del encargado llegó hasta la galería de la casa principal, con éste al volante y un viejo curtido por acompañante.

Al bajar frente a un curioso ignacio, el hombre lo miró a los ojos, mientras el encargado explicaba, seriamente, que habían sorprendido al viejo cortando la cabeza de un excelente ejemplar de ciervo, abatido en un lejano mallín de la estancia.

El hombre permanecía parado mirando a Ignacio con orgulo, pero su mirada no detonaba desafío ni falta de respeto, sino calma. Sus ropas no eran las de un hombre pobre, y el rifle que el encargado sacó de la camioneta para ofrecer a Ignacio, estaba gastado en sus brillos, pero era un excelente ejemplar de la industria alemana, con una mira del mismo origen. Todo en el viejo hablaba de soledades, de esfuerzos y estaba desgastado por los años de uso y limpieza.

- ¿Usted sabe que lo puedo mandar preso por cazar en mi campo sin permiso? ¿No? - Preguntó Ignacio.

- ¿Creo que sí. - Fue la calma respuesta de una voz culta y de buen timbre.

- ¿Porqué hace eso? ¿Acaso no sabe que está prohibido cazar acá?

El viejo no bajó los ojos cansados. Pero tampoco parecía molesto por el enojo de Ignacio. Era como si lo considerara parte del riesgo de ser sorprendido.

- Si yo le pidiera disculpas señor, estaría tomándolo de tonto, - dijo con voz calma. - He cazado en esta zona durante cuarenta años, a razón de un ciervo por año. Sólo, a pié, persiguiendo los ciervos que creo que merecen ser cazados, por el desafío que implican y por su astucia.
Nunca cometí, como usted sabrá, dañoalguno a sus posesiones. Jamás he disparado cerca de la casa o a animales de cría. Nunca encendí un fuego...

- Eso es cierto. - Replicó Ignacio seri y ceñudo.

- No voy a pedir que me perdone. Tampoco voy a pedir que me cobre el precio de los animales porque simplemente, no podría pagar. Voy a lamentar que me saquen mi rifle y me procese la policía, que siente más respeto por usted que por un viejo furtivo, pero creo que es justo.

- Lo que no entiendo es cómo, usted que conoce los secretos de estas 12.000 hectáreasmejor que yo, que ha entrado y salido por años, no se escapó o se escondió cuando supo que mis hombres se acercaban.

Al decir esto a Ignacio, a pesar suyo, una sonrisa se le armó en sus labios.

- Porque soy un cazador, no un delincuente. Y créalo o no, yo cazaba con su padre, hace treinta años, en estos campos.

- ¿Con mi padre?...

- Si, con Don Manuel, su padre. Al morir él, con quien sólo nos unía la pasión de la caza y el gusto por la grapa, al no ser yo amigo de la familia, no quise presentarme a usted ni a su señora madre ni para dar pésames, ya que su padre al igual que yo no creía en esas pavadas, ni para aprovecharme de un permiso de caza que quizás no me sería negado.En esos años usted estudiaba en Buenos Aires y al campo venía en verano, antes de la temporada de cacería.
Yo seguí viniendo, todos los años, por las sendas que recorria con su padre, criado acá y que aún hoy sus empleados desconocen.
Cazaba de furtivo, con el mismo estilo que lo hacíamos con Manuel cuando éramos más jóvenes. Sin importarnos dónde empezaba una estancia o la otra. Como compañeros, compartiendo el pan duro y el vino tinto...

- No sabía que el viejo cazaba antes de morirse. Realmente no lo sabía.

Ignacio se expresaba en voz muy baja y con sombras en los ojos.

- Lo hacía. Y lo hacía muy bien. Siempre decía que Dios puso a estos animales enla Tierra, para medir al hombre. Para que supiera de sus debilidades, para que no perdiera el contacto con la Naturaleza.
Era un hombre justo y bueno, trabajador y serio. Nunca se le hubiera ocurrido vender un ciervo para que un cazador le tirara desde un cómodo apostadero.

- ¿Cómo conoció a mi padre? ¿Donde?.

- Acá. Me sorprendió furtiviando. Le gané en la trepada de un filo y disparé antes que él. Pero me estaba siguiendo durante horas y lo tuve encima antes de poder escapar a tiempo.

- ¿Qué hizo mi padre?.

- Se sentó y prendió un cigarrillo. Apoyó la espalda contra el ciervo y sacó la petaca de plata con grapa.
Me miró sonriendo y me preguntó si quería cazar con él. Charlamos , disfrutamos de la mañana, de la montaña y él se volvió para esta casa. Y yo volví por mi camino.
Al año siguiente, cazamos juntos. Sin ponernos de acuerdo, nos encontramos donde había caído ese ciervo que cacé yo el año anterior.

- Yo cobro por mis ciervos. Y los cobro a un precio justo. Acorde a los precios internacionales, lo que significa que usted me quita dinero cada vez que mata alguno... Y yo no me meto en casa de nadie a quitar nada de nada. ¿Qué crée usted que debo hacerle? - Ignacio hacía un esfuerzo por fruncir su frente.

- Creo que debe meterme preso. Llevarme al pueblo y entregarme a la policía.

- ¿Y sabe las consecuencias...?

- Si. Sólo le pido que retire de mi fusil la mira telescópica. Me la regaló su padre. Y quizás quiera tenerla usted de recuerdo...

Ignacio miró fijamente al viejo.
Levantó ante sus ojos el fusil 7 x 57 y lo bajó lentamente.

- En mi casa no entran furtivos.
Ni aún los que eran amigos de mi padre. Y si no entró a la casa en tantos años, no va a entrar ahora.
Grapa no tomo. Tengo la petaca de mi padre llena de un buen cogñac y suelo llevarla a las montañas cuando voy a caballo hasta el Pehuén Grande, allá arriba.
TOME SU RIFLE.

- No entiendo. - El viejo tomó el rifle en un solo gesto, colgándolo de su flaco hombro, con el caño hacia abajo.

- Yo tampoco entiendo. Quizás me tomó en un buen día, o quizás sea que jamás pude cazar junto a mi padre y ya es hora de empezar a hacerlo.
Mientras yo estudiaba, él venía solo a al estancia y se quedaba por meses. Yo prefería veranear en el mar. El se quedaba acá. Yo venía poco y a él no le gustaba Buenos Aires.
Siempre quise conocer los secretos de la caza y él no pudo llegar a enseñármelos.
Mañana en el Pehuén Grande, si usted anda por casualidad cazando por allí, puedo llegar a tener la oportunidad de aprender algunos secretos. Y le aseguro que el cognac es muy bueno...

El viejo lo miró con gran respeto. Bajó la cabeza por primera vez en un esbozo de saludo y se dió vuelta, empezando a caminar hacia la montaña distante. Se detuvo en seco, giró y dijo:

- Lleve abrigo. Va a hacer frío.

Sus pasos firmes y acompasados se dirigían al Pehuén Grande.

Las lágrimas silenciosas de Ignacio se dirigían hacia a pechera de su campera.

Esta nota fue publica en Revista de Tiro (edición impresa) Nº 11 (Abril 1994)

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